Se cumple un nuevo aniversario —exactamente 60 años— de uno de los capítulos más oscuros y determinantes de la historia académica y social argentina: La Noche de los Bastones Largos. Aquella jornada de 1966 demostró con crudeza cómo el autoritarismo estatal embistió contra el pensamiento crítico, la investigación científica y la autonomía universitaria.
El escenario: de la "época de oro" al decreto del autoritarismo
Para entender la magnitud del suceso, es necesario reconstruir el clima de la época. En la década de 1950 y principios de los sesenta, la Universidad de Buenos Aires (UBA) atravesaba un período extraordinario. Bajo el esquema de la Reforma Universitaria (autonomía del poder político y cogobierno de docentes, estudiantes y graduados), las facultades se habían transformado en polos de modernización. Allí nacían proyectos pioneros para la región, como la computadora Clementina o institutos de física, matemática y biología de nivel internacional.
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Sin embargo, el panorama cambió drásticamente el 28 de junio de 1966, cuando el general Juan Carlos Onganía encabezó el golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional Arturo Illia. Apenas un mes después, el 29 de julio, el régimen dictatorial promulgó el Decreto Ley 16.912: una medida que abolía la autonomía universitaria, prohibía la actividad política estudiantil y subordinaba a las autoridades de las casas de altos estudios al Ministerio de Educación.
La irrupción de la fuerza y los "bastones largos"
En respuesta al avasallamiento, autoridades, profesores y alumnos decidieron ocupar pacíficamente varias sedes de la UBA en señal de protesta y resistencia. La respuesta del gobierno de facto fue contundente e inmediata.
Durante la noche del 29 de julio, efectivos de la Guardia de Infantería de la Policía Federal irrumpieron con violencia en cinco facultades, entre ellas la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (entonces ubicada en la calle Perú) y la de Arquitectura. Equipados con cascos, gases lacrimógenos y largos garrotes de madera —que le dieron el trágico nombre a esa noche—, los efectivos obligaron a docentes y estudiantes a salir formando una doble fila mientras los golpeaban ferozmente.
El saldo inmediato de esa velada fue brutal:
- Más de 400 detenidos y cerca de 300 heridos.
- Destrucción de laboratorios y equipamiento científico de vanguardia.
- Repudio internacional, visibilizado por figuras como el matemático estadounidense Warren Ambrose, del MIT, quien presenció las agresiones y las denunció en una célebre carta al diario The New York Times.
"Salió la policía a repartir palos a mansalva. Nos obligaron a pasar entre dos filas de guardias que nos golpeaban en la cabeza y la espalda mientras bajábamos la escalera." — Testimonios de la época reconstruidos por sobrevivientes del desalojo.
La fractura: el nacimiento de la "fuga de cerebros"
Las consecuencias a largo plazo de esta represión resultaron devastadoras para el desarrollo nacional. Ante la pérdida de libertad de cátedra y la persecución política, más de 1.300 profesores e investigadores presentaron su renuncia, mientras que cientos de otros fueron cesanteados.
Este vaciamiento académico desencadenó la mayor "fuga de cerebros" de la historia argentina. Equipos enteros de científicos de primer nivel debieron emigrar hacia universidades de América Latina, Estados Unidos y Europa, donde lideraron proyectos de enorme prestigio internacional. Argentina, en cambio, vio desmantelada una red de investigación que tardaría décadas en intentar reconstruirse.
Un recordatorio cada día más vigente y que la dirigencia no debería olvidar
A seis décadas de aquellos acontecimientos, el 29 de julio no es solo un hito en los libros de historia; es una advertencia constante sobre la fragilidad del conocimiento cuando se vulnera la libertad. La conmemoración de la Noche de los Bastones Largos reafirma el valor innegociable de la autonomía universitaria, el pensamiento plural y el resguardo de la educación pública como pilar del desarrollo soberano de un país.

