Muchas veces pensamos que el rendimiento deportivo depende únicamente de la fuerza, la velocidad, la resistencia o la técnica. Sin embargo, el cuerpo nunca compite aislado de la mente.
Cada emoción modifica nuestra fisiología.
La confianza puede aumentar la precisión del movimiento. El miedo puede volvernos rígidos. La ansiedad altera la atención. El entusiasmo favorece el compromiso. La desesperanza disminuye la capacidad de sostener el esfuerzo.
Las emociones no son un agregado psicológico. Son parte de la biología del rendimiento.
Los estados emocionales prolongados pueden modificar el sueño, la recuperación, la percepción del dolor, la coordinación motora y la toma de decisiones. Del mismo modo, un propósito compartido, la confianza y el sentido de pertenencia pueden favorecer la tolerancia al esfuerzo y ayudar a sostener el rendimiento en condiciones de fatiga.
Esto no significa que el cansancio desaparezca.
Significa que cambia la forma en que el cerebro lo interpreta y decide responder frente a él.
Por eso, el entrenamiento moderno no debería limitarse únicamente al desarrollo físico. También necesita entrenar la regulación emocional.
Aprender a respirar bajo presión.
Recuperar la calma después de un error.
Mantener la atención en medio de la incertidumbre.
Confiar en el compañero. Encontrar sentido en el esfuerzo.
Porque cuando aparece la adversidad, la diferencia rara vez está solo en los músculos. También está en la manera en que cada deportista interpreta lo que está viviendo.
Quizás una de las imágenes más significativas de Lionel Messi durante este Mundial haya sido su tendencia a permanecer solo y en silencio antes de los partidos.
Mientras alrededor todo era ruido, expectativa y tensión, él parecía ingresar en un estado de introspección.
No necesariamente para aislarse del equipo, sino para encontrarse consigo mismo.
Ese momento de soledad puede entenderse como una forma de regulación: disminuir el ruido externo, ordenar las emociones, reconocer la responsabilidad y dirigir la atención hacia lo verdaderamente importante.
Antes de competir, Messi parecía retirarse hacia adentro.
Pero después de los partidos ocurría algo diferente.
Se lo podía observar deteniéndose, mirando las tribunas, a sus compañeros y todo lo que sucedía a su alrededor. Como si, después de haber estado completamente absorbido por el juego, necesitara tomar distancia para comprender la magnitud de lo vivido.
Antes del partido, introspección.
Después del partido, contemplación.
La introspección permite prepararse para la experiencia. La contemplación permite habitarla, comprenderla y disfrutarla.
Esta capacidad también forma parte del rendimiento.
Un deportista no solo necesita activarse. También necesita saber calmarse. No solo necesita concentrarse. También necesita ampliar la mirada. No solo necesita perseguir el resultado. También necesita reconocer lo que está viviendo mientras sucede.
Quizás eso explique parte de lo especial que tuvo esta Selección Argentina.
No parecía un grupo que negara el cansancio, las molestias o la presión.
Parecía un equipo que encontraba un motivo para seguir jugando a pesar de todo.
Cada abrazo, cada recuperación, cada festejo y cada jugador que ingresaba desde el banco transmitían la sensación de pertenecer a algo más grande que el rendimiento individual.
Esa cohesión no eliminó la fatiga ni curó lesiones.
Pero probablemente ayudó a sostener la atención, reducir el miedo, recuperar la confianza y continuar tomando decisiones bajo una enorme presión.
La emoción, cuando puede ser regulada y compartida, se convierte en un recurso para el rendimiento.
El cuerpo responde de otra manera cuando el esfuerzo tiene un significado.
Y quizás esa sea una de las grandes lecciones de este equipo: para rendir no alcanza con preparar el cuerpo.
También hay que saber entrar en uno mismo antes de actuar y detenerse después para comprender y disfrutar lo que está ocurriendo.
Lic.CO. Maximiliano R. González (Mat.Prof. N 278)
Kinesiología Osteopática Integrativa Posturología & Hipopresivos
Director de Salud Postural


