La red invisible que sostiene la vida
A nivel conceptual, la CEPAL define a los cuidados como el “conjunto de actividades que se realizan a fin de satisfacer las necesidades básicas para la existencia y el desarrollo de las personas”.
Sin embargo, en la práctica diaria, se trata de una serie de acciones concretas destinadas a hacerse cargo de cuerpos vulnerables, un proceso indefectiblemente atravesado por afectos y desafectos. Esta labor abarca desde lo material (lavar, alimentar, trasladar) y lo económico (asegurar bienes básicos), hasta lo psicológico (acompañar y contener).
Bajo esta mirada, hablar de cuidados no es referirse a sectores sociales aislados como la infancia, la ancianidad o la discapacidad; es hablar de la condición humana misma. Los seres humanos somos interdependientes, finitos y vulnerables. Desde el nacimiento hasta la muerte, y con mayor intensidad en determinadas etapas o ante situaciones de diversidad funcional y enfermedad, la supervivencia depende de que otras personas dediquen grandes cantidades de tiempo a tareas físicas muy básicas que no pueden interrumpirse.
La vida, en un sentido estricto, existe si se cuida; de lo contrario, no hay sociedad ni sistema productivo capaz de sostenerse.
El laberinto de la dependencia a largo plazo
Cuando la ausencia de un tercero anula la posibilidad de supervivencia de un individuo, nos encontramos ante un estado de indefensión que la Organización Mundial de la Salud (OMS) enmarca dentro de los "cuidados a largo plazo". Los define como aquellas actividades llevadas a cabo por otros para que las personas con una deficiencia puedan mantener su capacidad funcional conforme a sus derechos básicos, libertades fundamentales y dignidad humana.
Para cualquier hogar, la irrupción de una dependencia funcional severa no es una variable aleatoria o complementaria: la atención especializada se vuelve tan vital como la alimentación, el trabajo o la vivienda. Esto obliga a las familias a multiplicar sus roles y a desplegar recursos que muchas veces exceden por completo sus posibilidades. En este escenario emergen redes complejas que combinan cuidadores informales (familia, amigos, vecinos), profesionales (enfermeros, terapeutas) y, en ocasiones, sistemas judiciales de apoyo y salvaguardas que buscan garantizar la mayor autonomía y participación posible del individuo.
Una problemática social resuelta en la intimidad del hogar
A pesar de su relevancia pública, el cuidado en la Argentina sigue estando fuertemente familiarizado y feminizado, recayendo principalmente sobre las mujeres del hogar y, en menor medida, en personal remunerado que no siempre cuenta con la capacitación necesaria. Esta reorganización doméstica expone un claro componente de clase ligado directamente a los recursos económicos de cada grupo familiar.
Ante la escasa y casi nula oferta estatal, la resolución de una problemática estructuralmente social queda librada a la capacidad individual de los hogares. Aquellas familias con ingresos altos disponen de un abanico de soluciones privadas para tercerizar y aliviar la carga, mientras que los sectores vulnerables enfrentan el desgaste en absoluta soledad.
Esta demanda colectiva no ha dejado de crecer debido a factores demográficos y sanitarios, como el envejecimiento poblacional, las mayores tasas de supervivencia por avances científicos y la incidencia de accidentes. Por este motivo, el cuidado ha dejado de ser un asunto estrictamente privado para transformarse en un tema central de la agenda de derechos humanos.
El dilema social frente al espejo judicial
Es en este tejido complejo donde el caso de la familia Bento —más allá de sus particularidades que desconozco— opera como un espejo de una realidad colectiva. La resolución judicial abre un interrogante con dos lecturas contrapuestas en la sociedad actual:
Por un lado, cabe preguntarse si las instituciones y la propia Justicia penal están comenzando a reconocer de forma genuina que el cuidado no es un trámite doméstico, sino un derecho humano fundamental que afecta tanto a quien lo recibe como a quien lo otorga.
Por el otro, irrumpe la sospecha de si se trata de un eslabón más de desigualdad, donde el concepto de "políticas de cuidado" es utilizado de manera selectiva para conceder excepciones a sectores con influencia, frente a ciudadanos de a pie que atraviesan dilemas de idéntica gravedad en el más profundo desamparo estatal.
Será el tiempo, y la consistencia de los futuros fallos judiciales, el que termine por demostrar si estamos ante un verdadero cambio de paradigma humanitario o ante un privilegio vestido de derecho.
Prof. Lic. Rosa Menendez

