Junio es reconocido internacionalmente como el mes de la concientización sobre la escoliosis. Y me parece una buena oportunidad para hablar de una condición que muchas veces está presente en silencio, que no siempre duele y que, cuando se detecta a tiempo, puede cambiar profundamente el camino terapéutico de un niño, una niña o un adolescente.
La escoliosis no es simplemente “tener mala postura” ni “sentarse torcido”. Es una alteración tridimensional de la columna vertebral. Esto significa que la columna no solo se desvía hacia un lado, sino que también rota. Por eso, muchas veces lo que vemos no es solo una curva, sino una asimetría en los hombros, en las escápulas, en las costillas, en la cintura o en la pelvis.
Desde el punto de vista médico, hablamos de escoliosis cuando en una radiografía de columna completa, tomada de pie, se observa una curva mayor a 10 grados medida por el ángulo de Cobb. Pero antes de llegar a la radiografía, muchas veces hay algo más simple y más humano: una mirada atenta.
La forma más frecuente es la escoliosis idiopática del adolescente. Suele aparecer a partir de los 10 años, en una etapa donde el cuerpo crece rápido y cambia mucho. Se llama “idiopática” porque no hay una causa única claramente identificada. Hoy sabemos que puede estar relacionada con factores genéticos, crecimiento, maduración ósea, sistema neuromuscular, percepción corporal y control postural. Es decir, no podemos reducirla a una sola explicación.
La escoliosis idiopática adolescente afecta aproximadamente al 1 al 3% de los adolescentes. Las curvas leves pueden aparecer tanto en varones como en mujeres, pero las curvas con mayor riesgo de progresión son más frecuentes en niñas, sobre todo durante el crecimiento puberal.
Uno de los grandes desafíos es que muchas escoliosis no duelen. Por eso, no siempre se descubren por dolor. A veces se detectan porque un padre observa que un hombro está más alto, que una escápula sobresale más, que la cintura no es igual de ambos lados, que la ropa cae diferente o que al inclinarse hacia adelante aparece una prominencia en las costillas o en la zona lumbar.
Hay una prueba clínica muy simple que se utiliza hace años: el test de Adams. Se le pide al niño o adolescente que se incline hacia adelante con los brazos relajados. Si aparece una giba costal o lumbar, es conveniente realizar una evaluación profesional. Esto no significa alarmarse, pero sí ocuparse.
Junio se toma como mes de concientización porque distintas organizaciones internacionales, entre ellas la Scoliosis Research Society, promueven durante este mes campañas de educación, detección temprana y difusión de tratamientos. Además, el Día Internacional de la Concientización sobre la Escoliosis se celebra el último sábado de junio.
Para mí, concientizar no es generar miedo. Es dar información clara para que las familias puedan mirar mejor, consultar a tiempo y tomar decisiones con más tranquilidad.
A los padres les diría algo concreto: observen, pero no vivan preocupados. Miren la espalda de sus hijos en momentos simples: al cambiarse, al ponerse una remera, al ir a la pileta, al estar de pie. Presten atención si hay asimetrías que se repiten: un hombro más alto, una escápula más marcada, una cintura distinta, una cadera que parece más elevada o una prominencia al inclinarse hacia adelante.
También es importante derribar algunos mitos. La escoliosis no aparece por usar mochila pesada, por sentarse mal o por no hacer actividad física. Una mochila pesada puede generar dolor o cansancio, pero no explica una escoliosis estructural. Tampoco toda escoliosis termina en cirugía. Muchas curvas son leves, se controlan y no progresan.
El tratamiento depende de varios factores: edad, grados de la curva, madurez ósea, momento del crecimiento y riesgo de progresión. En algunos casos se indica observación y controles periódicos. En otros, cuando la curva es moderada y el adolescente todavía está creciendo, puede indicarse un corsé. El objetivo del corsé no es “curar mágicamente”, sino intentar frenar la progresión de la curva.
También existen ejercicios fisioterapéuticos específicos para escoliosis, conocidos como PSSE. Dentro de ellos encontramos enfoques como Schroth, BSPTS-Rigo Concept, SEAS, Lyon, Dobomed, entre otros. Estos ejercicios trabajan sobre la autocorrección tridimensional, la respiración, la conciencia corporal, la estabilidad, la función y la integración del cuerpo en movimiento.
Desde mi mirada, el tratamiento conservador no debería limitarse solo a “corregir una columna”. Debería acompañar a una persona. Porque detrás de cada escoliosis hay un niño, una adolescente, una familia, una imagen corporal, emociones, preguntas y muchas veces miedo.
Por eso, el modo en que comunicamos el diagnóstico también importa. No es lo mismo decir “tenés la columna torcida” que decir: “tu columna está creciendo con una curva; vamos a evaluarla, acompañarla y darte herramientas para que tu cuerpo funcione de la mejor manera posible”.
La escoliosis no define a una persona. Pero detectarla a tiempo puede cambiar el recorrido. Puede permitir mejores decisiones, tratamientos menos invasivos y un acompañamiento más consciente durante el crecimiento.
Junio nos recuerda algo simple pero profundo: mirar una espalda también puede ser una forma de cuidar.
Porque una curva detectada a tiempo no es una condena. Es una oportunidad para intervenir mejor, educar mejor y acompañar mejor.Lic.CO. Maximiliano R. González (Mat.Prof. N 278)
Kinesiología Osteopática Integrativa Posturología & Hipopresivos
Director de Salud Postural


