Lógicamente, esta entrevista es una recreación ficticia elaborada con Inteligencia Artificial con fines histórico-educativos y de entretenimiento para el lector. Manuel Belgrano no concedió esta entrevista, pero se le pidió a una IA analizar todo el proceso histórico y los datos de la época con fuentes académicas para poder simular esta charla.
Vamos a este viaje histórico. Recomendación: dejate llevar y disfruta de esta nota.
En estos días turbulentos que sacudían al Virreinato del Río de la Plata, imaginamos hallar al doctor Manuel Belgrano en su despacho de la Plaza Mayor. Abogado, economista, periodista y hombre de acción, este porteño de cuarenta años era uno de los espíritus más formados de cuantos empujaron la causa de la Junta. Accede a responder nuestras preguntas con la misma precisión con que redactó, en otro tiempo, las páginas del Correo de Comercio.
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¿Cómo describiría el estado de ánimo en Buenos Aires durante aquellos días de mayo?
El fervor era contenido pero profundo. Desde que llegaron las noticias de la caída de Sevilla ante las tropas de Bonaparte —a fines de enero de ese año— y la disolución de la Junta Central española, la pregunta que todos nos hacíamos era la misma: ¿quién gobierna ahora en nombre de Fernando VII? La Regencia que se constituyó en Cádiz no nos convencía. El pueblo de Buenos Aires sabía que había llegado su hora.
¿Cuál fue el detonante concreto de los sucesos del 18 al 25 de mayo?
El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros convocó, el 22 de mayo, un Cabildo Abierto —una asamblea de los vecinos principales de la ciudad— para resolver la cuestión del gobierno ante el vacío de poder. Concurrieron algo más de doscientos cincuenta vecinos. Allí, el síndico procurador Julián de Leiva sostuvo que, en ausencia del rey legítimo, la soberanía revertía al pueblo. Fue el argumento que abrió la puerta. El 25, el pueblo congregado frente al Cabildo exigió la renuncia de Cisneros. La Junta nació de esa voluntad.
¿Fue la del 25 de mayo una declaración de independencia encubierta?
Eso es lo que algunos desean creer, y otros temen. La Junta juró gobernar en nombre del rey Fernando VII, prisionero de Bonaparte. Esa era la doctrina de la "máscara de Fernando": reconocer formalmente al rey para no perder el apoyo de quienes no estaban aún preparados para la ruptura abierta. Era prudencia política, no hipocresía. La independencia era el destino inevitable, pero los pueblos no dan saltos que sus circunstancias no permiten.
¿Qué papel jugaron los criollos frente a los españoles peninsulares?
No fue una revolución de criollos contra españoles, pura y simplemente. Juan Larrea y Domingo Matheu, vocales de la Junta, eran peninsulares. El conflicto era entre quienes querían perpetuar el sistema colonial y quienes —fuéramos criollos o españoles— comprendíamos que ese sistema había agotado su tiempo. Dicho esto, es innegable que los criollos éramos quienes soportábamos el mayor peso de las restricciones comerciales y la exclusión de los cargos de gobierno.
¿Influyeron las ideas ilustradas europeas y la Revolución Francesa en los hombres de mayo?
Sin duda alguna. Yo mismo estudié en Salamanca y me nutría de los enciclopedistas franceses, de Montesquieu, de Adam Smith en lo económico. Moreno había leído el Contrato Social de Rousseau. Pero cometería una injusticia si dijera que sólo copiamos a Europa. La realidad del Río de la Plata —las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, que demostraron que los criollos podíamos defendernos solos— fue la materia que esas ideas vinieron a iluminar, no a reemplazar.

¿Qué representaron las Invasiones Inglesas para el camino hacia mayo?
Fueron providenciales, aunque en el momento nos parecieron una calamidad. En 1806, el general Beresford tomó Buenos Aires con apenas 1.600 hombres. El virrey Sobremonte huyó a Córdoba. Fuimos los criollos —con Santiago de Liniers al frente— quienes reconquistamos la ciudad. En 1807, rechazamos una segunda invasión de más de 10.000 soldados británicos. Esa experiencia nos mostró dos cosas: que podíamos gobernar y defendernos sin tutela peninsular, y que la autoridad virreinal era hueca. Mayo de 1810 sería impensable sin aquella conciencia adquirida.
¿Qué le diría a quienes en el interior del Virreinato rechazan la Junta de Buenos Aires?
Que los comprendo, pero que su rechazo nace en parte del temor y en parte del agravio legítimo. Buenos Aires siempre fue la cabeza que absorbió para sí el comercio y los privilegios del Virreinato. Las ciudades del interior —Córdoba, Salta, Mendoza, el Alto Perú— tienen razones para desconfiar de nuestra ciudad. Mi esperanza es que la unión se construya sobre la justicia, no sólo sobre la fuerza.
¿Qué pasó la noche del 24 de mayo, cuando todo pendía de un hilo?
Seré franco. Esa noche, reunidos en casa de Rodríguez Peña, la resolución era unánime e irreversible. Yo mismo juré ante mis compañeros: "si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza". No era una metáfora. Los regimientos estaban con nosotros. Castelli y Martín Rodríguez habían ido al Fuerte a presionar a Cisneros, y le dieron cinco minutos para decidir. Afortunadamente, el virrey comprendió que su autoridad ya era sólo un título vacío, y cedió.
(La frase de Belgrano es históricamente documentada, recuperada por Tomás Guido en su Reseña histórica de los sucesos de Mayo)
¿Qué legado espera que deje la Revolución de Mayo a las generaciones futuras?
Que la patria no nació de la casualidad, sino de la virtud cívica de hombres y mujeres que eligieron la libertad sobre la servidumbre cómoda. La independencia no es únicamente un hecho político: es una obligación moral de cada generación. Sin ciudadanos ilustrados, ninguna república dura. Ese es mi mayor temor y, también, mi mayor esperanza.

